Llevamos algún tiempo recordando sonados casos del inquietante mundo de las apuestas ilegales y el amaño de partidos. Tendremos tiempo, más adelante, de recordar los escándalos que han venido estallando en la última década, y que no tocan directamente el imaginario colectivo europeo, como son los célebres asuntos de corrupción en el cricket pakistaní, el opio del pueblo en ese país, o el que fuera el deporte sagrado en Japón, el Sumo, tan exclusivo de su isla que parecía que nada podía mancharlo, hasta que hace un par de años se supo que varios de los más famosos luchadores habían convertido tan distinguida competición en poco más que un Pressing Catch a la asiática.

Pero de estos temas hablaremos en otro momento, que aunque parezcan alejados de lo que sucede en nuestro entorno más conocido, forman parte de una mismo fenómeno, otra de las consecuencias de lo que cansinamente llamamos “mundo globalizado”.

Ahora hablaremos del megaescándalo que se destapó en Corea del Sur en 2011 y que ha amenazado con paralizar totalmente la máxima competición futbolística de ese país, la K-League.

La cultura del suicidio en Corea del Sur

Como suele pasar en estos casos, el escándalo surgió más bien por casualidad. Una tranquila mañana de un día cualquiera, un anodino 6 de mayo, en una estación de servicio en las afueras de Seoul, el vigilante del lugar fue a ver qué hacía un coche tanto rato estacionado allí sin moverse. Para su horror encontró dentro a un joven muerto. Nervioso, llamó a la policía que rápidamente apareció en la escena del crimen. Aparentemente, el joven se había suicidado.

Sentado en el coche del conductor, el chico habría cerrado todas las ventanas y encendido una briqueta –material utilizado para la industria que al quemarse desprende humos altamente tóxicos- que lentamente fue asfixiando al joven. Un caso más en el país desarrollado con la tasa más alta de suicidios del mundo.

Al año 15.600 personas (2010, OMS) encuentran la muerte en Corea del Sur vía el suicidio, o lo que es lo mismo, casi 2 personas cada hora, una auténtica epidemia y algo totalmente común en un país dónde la competitividad, el prestigio social y el honor hacen estragos en las conciencias de todas las capas sociales, que se ven afectadas por igual por esta creciente práctica, a la que recurren tanto presidentes de la nación, como periodistas, como pobres en la calle, como estudiantes que no han conseguido ser el número uno, o como, en este caso, deportistas de élite en la flor de la vida.

La muerte de Yoon Ki-Won, el joven encontrado en el coche, portero del Incheon United de la K-League, causó una profunda

impresión en la sociedad coreana, atónita al ver que una de sus más firmes promesas se había quitado la vida sin todavía haber cumplido los 24 años, apenas comenzando su carrera profesional. No parecía que aquello desembocara en nada más, solo era la triste historia de un joven deprimido, que se había visto relegado a la suplencia, y que no soportaba ver como sus talentos no eran aprovechados para mayor vergüenza de él y su familia.

El malogrado portero en uno de sus pocos partidos en la K-League

Sin embargo, a los pocos días se filtró que la policía, junto con el cuerpo del muchacho, había encontrado un sobre con 1.000.000 de Won -la moneda local-, al cambio unos 1000 dólares. Por supuesto este detalle hizo sospechar que la motivación del suicidio podía estar más clara, o cuanto menos, que el suicidio respondía a un esquema de los acontecimientos mucho más grande que debía ser investigado.

Corrupción extendida en toda la K-League

Días después, a mediados de mayo, comenzaron las detenciones a raíz de la investigación posterior a la muerte de Yoon Ki-Won. La policía detuvo a 10 jugadores y dos supuestos bookies, autores del amaño de más de 15 partidos de la primera división de futbol de Corea del Sur, teóricos orquestadores de la trama. Las especulaciones no se hicieron esperar y los medios locales se preguntaban si no eran pocos los detenidos con respecto a la cantidad real de jugadores que podrían estar implicados.

En un año en que el fútbol venía creciendo en popularidad en Korea del Sur con el récord de casi 3 millones de espectadores en los campos, y en que se habían recortado las distancias con el béisbol -deporte más popular para los koreanos- el escándalo amenazaba con frenar la expansión económica y de popularidad que los dirigentes habían planeado para la K-League.

Se prometió mano dura, penas de cárcel y expulsión in eternum de la liga para los implicados. Tanto los dirigentes de la K-league como las autoridades policiales empezaron una investigación que pronto dio sus frutos, sin pararse a pensar que, si la corrupción era tan extendida como se creía, podía amenizar incluso la existencia de la propia liga como tal.

Se ofreció buen trato judicial para aquellos jugadores que salieran al frente a confesar su implicación, y como un gota a gota, varios jugadores se acercaron a las autoridades a declarar. Al poco se supo que incluso algunos miembros de la admirada selección nacional habían participado también en la trama.

Flyer promocional del partido jugado entre las estrellas de la K-league y el FC Barcelona

Tres semanas después del suicidio de Yoon Ki-Won, la K-League había pasado de la euforia a la depresión total, y en absoluto el caso daba indicios de cerrarse pronto. En medio de la vorágine mediática, otra noticia vino a añadir confusión al caso, Jung Jong-Kwan, de 30 años, exjugador de la K-league, fue encontrado muerto en la habitación de un hotel. El jugador se había colgado dejando una nota que decía “estoy avergonzado de haberme involucrado en toda esta historia. Estos que estáis investigando son amigos míos y por eso no me han acusado. Todo es culpa mía, yo les metí en todo esto.”

Jung Jong-Kwan militaba en un equipo de tercera división, había caído en desgracia mucho tiempo atrás, cuando fue a la cárcel por no cumplir sus obligaciones con el servicio militar del país, lo que le había condenado a no poder entrar de nuevo en la élite del futbol coreano. Probablemente eso le acercó al mundo de las mafias y las apuestas ilegales, con las que sin duda podía conseguir cuantiosos ingresos organizando amaños de partidos.

Pero los suicidios no terminaron, y en octubre, encontraron muerto en aparente sucidio, a Lee Soo-Chul, entrenador del Sangju Sangmu Phoenix, uno de los equipos que finalmente se desvelaría como de los que más jugadores implicados tenía en toda la trama.

La “solución” del caso

La policía hizo caso omiso de la nota de suicidio, y siguió con la investigación que, una par de meses después, en pleno mes de julio, estalló de nuevo con la detención de 46 jugadores más que supuestamente estaban implicados. Desde la K-League se plantearon la suspensión del campeonato, pero finalmente optaron por expulsar a todos los jugadores implicados de manera permanente de la liga. Mientras tanto, la justicia surcoreana aplicó penas de cárcel de entre 1 y 7 años para 18 jugadores, para otros 5 bookies y finalmente para un miembro del estamento financiero de ese país. Unas actuaciones ejemplares si se compara con el escándalo que sacudió Europa en 2009, con más de doscientos partidos amañados, y que terminó vergonzosamente con tan solo tres pequeñas condenas.

Aún así, el problema quedaba lejos de estar resuelto. Como hemos hablado otras veces, la cantidad de dinero que se maneja en el

Estrellas de la K-league recibiendo trofeos

mundo de las apuesta ilegales es ingentemente mayor que el que se mueve en terreno legal. Así, este volumen hace que sea difícil ni siquiera empezar a luchar contra ello. Se calcula que solo en Corea del Sur cada año se mueven cerca de 4.000 millones de dólares en apuestas ilegales. Los amaños se han extendido en béisbol y voleibol, y se cree que todos los deportes amateur del país podrían estar afectados. Los investigadores policiales calculan que a un jugador se le ofrecen de media cantidades en torno a los 100.000 dólares, una auténtica fortuna para un trabajo de poco más de un par de horas.

El dilema para el estado surcoreano es grande, tiene el control de las apuestas legales del país mediante la compañía Sports Toto, pero esta casa de apuestas tiene poco atractivo para saciar el hambre de juego de los ciudadanos del país, ya que solo se puede apostar a “gana o pierde” y un máximo de 100.000 won (100 dólares). Ante esto, los bookies ilegales hacen las delicias del apostador común, que busca emociones fuertes a cada instante.

El investigador del Instituto coreano de las ciencias deportivas Yoo Eui-dong, cree que hay entorno a 1000 sitios de apuestas en Corea del Sur, todas ilegales, con lo cual es un asunto prácticamente imposible de detener.

La FIFA ofreció colaboración a las autoridades surcoreanas, insinuando que el problema era de escala global; lo que sucede en un lugar, es más que probable que se repita en otro. Parece que, más que solucionarse los problemas de Corea, estos problemas van a extenderse hasta todos los rincones del mundo ya que la cantidad de dinero que se maneja está totalmente fuera de control. La cuestión es, ¿cuándo va a estallar un escándalo parecido en las intocables Liga Española y la Premier League?

 

Nota del editor: Lamentablemente, hemos sabido que otro jugador, Lee kyung-Huan habría cometido suicidio el pasado 16 de abril de 2012, conviertiéndose en la cuarta víctima suicida relacionada con el caso hasta la fecha.